Juan 1, 1-18: El verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

En la 1.ª lectura, el profeta nos invita a cantar llenos de júbilo porque ha llegado la paz. Hasta las «ruinas» de la ciudad se unen a la fiesta porque serán reconstruidas (Isaías 52, 7-10). La 2.ª lectura nos recuerda que de muchas maneras nos habló Dios en el pasado. Ahora nos habla por la Palabra, el Hijo, que nos comunica a Dios de manera insuperable (Hebreos 1, 1-6). En él está todo dicho, aunque no podamos percibir todo.

El Hijo dejó su eterna inmensidad y se estrechó en el tiempo y el espacio de una vida humana. No vino para sentarse como un ídolo hierático esperando adoradores, sino que «acampó entre nosotros». Es decir, se puso a caminar con nosotros en la vida itinerante de la historia humana, a nuestro ritmo, por nuestras mismas avenidas y callejones, mirando al horizonte para no extraviarse, y fijándose en cada paso menudo para no caer herido en algún hoyo de desencantos y pesimismos. En cada uno de sus gestos nos trajo una vida nueva, en abundancia, que sigue fluyendo para todos desde el corazón de Dios. (Taco mensajero del corazón de Jesús).

Fotografías: NazarenoSoledad

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