Cada 2 de noviembre, la Iglesia celebra la conmemoración de todos los fieles difuntos, pues se interesa por las almas de cuantos murieron con el signo de la fe y duermen en la esperanza de la resurrección, y, también, por todos los difuntos desde el principio del mundo, cuya fe solo Dios conoce, para que, purificados de toda mancha del pecado, por la misericordia de Dios, puedan gozar de la visión de la felicidad eterna.

Los católicos profesamos que la multitud de aquellas almas que con Jesús y María se congregan en el paraíso forma la «Iglesia celestial», donde ellas, gozando de la bienaventuranza eterna, ven a Dios como Él es, e interceden por nosotros y con su fraterna solicitud ayudan grandemente a nuestra flaqueza.

Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su salvación eterna, sufren una purificación después de su muerte, a fin de obtener la santidad necesaria para entrar en el gozo de Dios. En virtud de la «comunión de los santos», la Iglesia encomienda los difuntos a la misericordia de Dios y ofrece sufragios en su favor, en particular el santo sacrificio eucarístico.

Fuente: Taco mensajero Calendario del Corazón de Jesús

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