Esta conmemoración ha ido perdiendo peso en la devoción popular. Hoy rogamos al Señor por todos los cristianos fallecidos y, lógicamente, por los de la propia familia, amigos, conocidos, compañeros de trabajo y ocio, miembros de la comunidad, asociación o grupo. Rememorarlos es una forma de luchar contra el olvido que, inmisericorde, se extiende como un manto sobre quienes «nos han precedido en el signo de la fe» y a los que tanto debemos. A ellos, gratitud y recuerdo ante Dios; por eso solemos acudir a sus sepulcros con flores, velas y, sobre todo, oraciones. A pesar de la muerte, de las ausencias físicas, del tiempo que pasa, la fe -que es un don- nos abre a la dimensión siempre presente de la vida eterna. Nuestros difuntos están con nosotros. Su amor siempre nos acompaña. Ese don sigue vivo y creciendo en nuestra propia persona, y en todo lo que acontece en ella. También el amor que nosotros les damos continúa resucitado en ellos. Los recordamos vivos y en comunión misteriosa con nosotros. En nuestra oración incluyamos también a los «desaparecidos», aquellos a quienes se ha hecho desaparecer sin dejar rastro en mares, desiertos, ríos, salas de tortura o extorsión.

Fuente: Taco Calendario del Corazón de Jesús

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